Cuento


Las flores sobre el andén

Por: Felipe Sánchez Hincapié

Esther mira por la ventana de su apartamento un guayacán amarillo florecido. Dentro de poco el andén gris se convertirá en un tapete de flores y a ella le darán ganas de pararse sobre él, como cuando era una niña.

Cierra sus ojos y recuerda. Detrás de ese guayacán estaba la casa de las muñecas. Le decían así porque la pareja de esposos que vivía en ella guardaba las muñecas de su única hija, quien murió en un accidente automovilístico. Era grande y muy pocos la visitaban. Parecía un castillo y el jardín estaba descuidado, al igual que el techo y las ventanas por donde se veían, a pesar del polvo, las muñecas y otros juguetes de la niña. Los esposos decidieron vendérsela a una constructora que llevaba varios meses ofreciendo dinero por ella. Después se fueron para Inglaterra, de donde eran ambos. A los meses la casa fue demolida para dar paso a un edificio de oficinas. Sólo permaneció en pie el guayacán amarillo.

Esther abre de nuevo sus ojos. Mira a David, su hijo, quien está recostado en una cama y tiene la mirada fija en una lámpara que cuelga del techo. Esther nunca se imaginó verlo en ese estado, ni siquiera esa noche en la que él se despidió de ella y de su tía Raquel con un beso en la frente. Tampoco se imaginó que a las dos de la mañana la llamaran del hospital, diciéndole que David estaba gravemente herido, después de que el carro en el que iba con dos amigos se chocara con otro por exceso de velocidad. David sufrió una parálisis total en su cuerpo. Esther decidió llevárselo a casa y contrató los servicios de una enfermera para que lo cuidara cuando ella y Raquel se fueran a trabajar.

Hoy es viernes y Esther está de vacaciones. Anoche llamó a la enfermera y le dijo que no viniera hasta la próxima semana porque ella y su hermana cuidarían a David. Estos días han sido muy difíciles pero Esther los ha tomado con mucha calma. Ni les presta atención a sus familiares y amigos cuando le recuerdan el lamentable estado en el que está su hijo. Toda una vida por delante, dicen mientras lloran, la abrazan y le dan una palmada en el hombro. Esther simplemente guarda silencio, se despide de ellos, los conduce a la puerta y después de cerrarla entra a la habitación de David y acaricia su pelo por horas.

Son las nueve de la mañana y Esther deja de mirar el guayacán. Va hasta donde David y le da un beso en la mejilla. Ya en la cocina ella remoja una tostada en el café mientras escucha las noticias por la radio. Luego se limpia la boca con una servilleta, lleva el pocillo donde sirvió su café al lavadero y mientras lo lava y sus manos se llenan de agua y espuma, no deja de pensar en el guayacán.

Cada seis meses, cuando el guayacán florecía, Esther y Raquel salían a verlo en compañía de su papá, Don Simón. Durante los cuatro o cinco días que duraban las flores adheridas a las ramas, Don Simón las despertaba y salían de su casa para verlo por media hora. Cuando las flores caían sobre el andén, Esther y Raquel  brincaban o se sentaban sobre ellas, mientras Don simón les tomaba fotos. A veces se le salían las lágrimas. Era raro verlo así. Ni siquiera lloró cuando Ruth, su mujer, lo dejó por otro o cuando recordaba los duros días que pasó en Auschwitz. La belleza de ese momento conmovía su rostro endurecido por los años. Don Simón murió el mismo día que cayeron las flores del guayacán. Como un homenaje a su papá, Esther y Raquel hacían lo mismo con sus hijos o cuando acontecía algo importante en la casa, como el Bar Mitzvah de David.

David era quien más disfrutaba del guayacán. Incluso, antes de que floreciera, miraba por la ventana esperando a que las ramas se llenaran de esos pedacitos de sol, como el mismo le decía a las flores. Cuando eso sucedía, iba hasta donde Esther y le señalaba con su dedo índice la ventana o le jalaba la falda. Esther no podía decirle que no y los dos salían toda la tarde, hasta que él se quedaba dormido y ella lo llevaba en brazos a su habitación.

El agua que sale del grifo ahoga las lágrimas de Esther, quien no puede evitarlas. Piensa en el dolor que ha paralizado el cuerpo de su hijo. Del muchacho que ganó varias medallas en competencias de natación, se reía con sus primos mientras el resto de la familia oraba en el Shabat y sacaba a bailar a las muchachas en las fiestas sólo queda una mirada ausente. Esther cierra la llave y seca sus ojos con la manga de su camisa rosada. Debe suministrarle a David la medicina y no quiere que él la vea así. Toma aire y sale de la cocina. Entra a la habitación de David y vuelve a acariciar su pelo. Retira la bolsa, que ya está vacía, saca otra de un cajón blanco y la conecta al tubo. Espera que se termine para luego quitarle la camiseta azul clara que lleva puesta y pasarle sobre su torso desnudo un trapo humedecido,  correr la maquina a la que está conectado y sentarlo en la vieja silla mecedora de Don Simón, abrirle la ventana y dejar que el viento refresque su rostro. Para cualquiera sería una rutina fatigante, pero Esther lo hace como si fuera un ritual. El cielo está despejado y el sol hace brillar los ventanales del edificio de oficinas del frente y las flores del guayacán que dentro de poco caerán sobre el andén.

El edificio de apartamentos donde viven Esther, Raquel y David está construido donde antes estaba la casa en la que vivieron cuando ellas eran niñas. Después de la muerte de Don Simón muchas familias empezaron a irse de la cuadra. Unos porque querían vivir alejados de la ciudad y otros porque no pudieron resistirse a las tentadoras ofertas que les hicieron las constructoras que querían darle, como ellas mismas decían, otra cara al sector. Esther se había separado de Oscar y Raquel apenas llevaba un año de casada con Manuel cuando vendieron la casa y se fueron para otra parte. Por esas cosas de la vida, Raquel le comentó a Esther que construyeron un edificio de apartamentos en el mismo sitio donde estaba su casa. –Son muy cómodos. Tienen tres habitaciones, sala, cocina, comedor, patio y una vista maravillosa. Son grandes. Bueno, no tanto como nuestra casa, pero es como si estuviéramos en ella. – le decía Raquel a su hermana, quien no se dejaba convencer por los planes de ella. Después de tanta insistencia, Esther aceptó y entre las dos pagaron el apartamento. Esther viviría ahí con David y Raquel iría a visitarlos los fines de semana. Pero ella terminó viviendo con ellos, no se aguantó a Manuel y sus hijos se fueron con él.

Al principio Esther no soportaba vivir en un último piso, le tenía miedo a las alturas. Pero con el paso de los días y meses se fue acostumbrando. Un día miraba por la ventana hacia la calle. Estaba tan ensimismada que ni se dio cuenta que David venía detrás, con los brazos abiertos, haciendo muecas y a punto de reírse. Cuando él la abrazó, Esther creyó que su vida se lanzó por la ventana. – Mirá que casi me hacés caer. ¿Qué les dirías a todos si vieran a tu mamá tirada en el andén por tu culpa?- le gritaba Esther a David y él no paraba de reírse. Pasado el susto y el enojo, los dos se abrazaron y miraron el edificio de oficinas del frente y el guayacán que estaba comenzando a florecer. Esther le contó a David la historia de la casa de las muñecas y él, recostado en el hombro de su mamá le dijo: menos mal que no tumbaron el guayacán.

Luego de acercarlo a la ventana, Esther toma otra silla y se hace al lado de David. Acaricia su pelo y lo mece suavemente. Son las diez y media de la mañana y la gente va y viene, ya sea a pie o en sus carros. Unos salen o entran a los edificios. Esther los mira desde la ventana y agradece que hoy no esté como ellos. No quiere salir de casa, ni que nadie venga a visitarla. Aunque unas primas suyas vendrán por la tarde para hacer el shabat con ella y Raquel. Si no fuera porque el sol se posara a las cinco de la tarde, ella les diría que no vinieran. Pero es eso o despertar malos comentarios entre ellas, que luego el resto de la familia los escuchará atentamente esperando una explicación de Esther.

El viento mueve el pelo de David. Esther quisiera escucharlo, mientras el inventa el destino de quienes caminan por la calle, como solía hacerlo cuando se recostaba sobre su regazo. Pero el silencio que acompaña a David se lo impide. Esther, resignada, mira a alguien que camina sospechosamente por el edificio de oficinas. No logra distinguirlo muy bien aunque por su ropa supone que es un joven de unos 27 años, la misma edad de David. Desde hace veinte minutos el joven cruza la calle, dobla la esquina, se fuma un cigarrillo, conversa con el vendedor de periódicos que se hace en el semáforo y no deja de mirar el último piso del edificio. Esther pasa su mano sobre los ojos de David. -¿Qué pensás de todo esto que estás viendo?-  le pregunta. Luego comienza a llorar.

Desde el momento que recibió la noticia del accidente de su hijo, Esther no había llorado como lo está haciendo ahora. Muchos le criticaban su frialdad. Hasta la misma Raquel la comparaba con su papá, quien cuando otros notaban en él alguna señal de tristeza, los evadía con un “no pasa nada”. Pero Esther se siente más vulnerable que su hijo. Todos los días anhela verlo mover sus brazos por el pasillo del apartamento como si estuviera en una piscina olímpica. Ella sabe que eso es imposible. Todos los días debe estar pendiente de él, así ella se vaya a trabajar. Todos los días debe acariciar su pelo, sin que él le diga te quiero. Todos los días debe sentarse a su lado, sin que él se abalance sobre ella para abrazarla. Todos los días se detienen, así ella crea que siguen su curso.

Esther se para de su silla. Se hace detrás de David y lo acerca más a la ventana. Saca una de sus manos y puede sentir el vacio que hay entre el apartamento y el andén. Examina que no haya nadie adentro, ni afuera. Comienza a mecer la mecedora con más fuerza. No deja de llorar, ni de decirle a David cuanto lo quiere. Mientras sigue meciendo la silla, mira el edificio de oficinas del frente. Nota que el mismo joven que antes iba y venía por la calle ahora está en la azotea. No deja de mirarlo. El tiene la mirada fija hacia abajo. Termina su cigarrillo, alza su cabeza y Esther se asusta. Su rostro es idéntico al de David. Él le sonríe, mueve su mano como si estuviera despidiéndose de ella y se lanza.

-¡David!- grita Esther. Después de escuchar el fuerte golpe del cuerpo contra el andén, ella se acerca a la ventana y por poco se cae. Abajo unos piden una ambulancia, otros se hacen alrededor del joven y el resto gritan o señalan la altura desde la que él se lanzó. Esther, desesperada, dirige su mirada a la habitación y David sigue ahí, sentado en la mecedora mientras el viento mueve su pelo. – Ay David menos mal que estás aquí, menos mal. Ay David. – le dice Esther y recuesta su rostro y sus lagrimas sobre el pecho de él. En ese instante llega Raquel. - ¿Si viste lo que pasó afuera? – pregunta alarmada. Luego, al ver a su hermana y sobrino tan cerca de la ventana la cierra inmediatamente. - ¿Ustedes dos que hacían tan arrimados a esa ventana? ¿Qué tal que se nos caiga este muchacho? ¡Ahí si quedamos bien fregadas Esther!- la regaña Raquel y Esther logra secarse las lagrimas sin que ella la vea. –Es que el necesitaba un poco de aire Raquel- se disculpa Esther. Las dos recuestan a David en la cama y organizan la habitación.

Minutos después llega la policía y medicina legal para hacer el levantamiento. Los curiosos no se pierden ningún detalle, al igual que los medios de comunicación que cubren el hecho. Hay un trancón y el cielo sigue despejado. Esther y Raquel miran la escena. Poco a poco las flores del guayacán comienzan a caer sobre un pie del joven y el charco de sangre que dibujó su cuerpo después de la caída. A Esther le dan ganas de pararse sobre ellas como cuando era niña. – ¿Te acordás qué antes de que construyeran ese edificio ahí estaba la casa de las muñecas? – le pregunta Raquel a Esther pero ella no le responde. – Ay como era de bonita esa casa. Yo quería una de esas muñecas, pero pues ya se fueron los dueños con ellas y ni modo. ¡Qué lástima!- se lamenta Raquel. – Menos mal que no tumbaron el guayacán – dice Esther mientras mira a su hermana.

 

A Ethel Gilmour