10/10/2010
VIAJE
INESPERADO
Por: Laura Victoria Vanegas
-¡Ábranme!
¡Alguien que me escuche! Dijo una voz moribunda a un niño que recogía unos
billetes y una nota de auxilio, al lado de un container. El niño, quince minutos después, llega con el padre y dos hombres más. La voz moribunda, al escuchar los pasos grita con poco aliento y desespero.
-¡Ayúdenme, me estoy muriendo y mi amigo ya está muerto!
Se forma un gentío alrededor del container y la voz que insistentemente
suplica, escucha murmullos de los curiosos que querían saber qué fue lo que
sucedió. Mientras se abre la puerta, la luz recorre una figura huesuda y detrás
de ella se alcanza a observar una mano descolorida extendida en el suelo.
Semanas atrás, dos jóvenes llegaron a curazao en busca de sus sueños
por cumplir. Se hospedaron en el hotel Parque, el más lujoso de la región. A
cuarenta dólares la noche.
Con poco tiempo transcurrido los dos soñadores recorrieron las playas y
los almacenes de comercio, encontrando mucha variedad pero nada que se ajustara
a sus necesidades.
Con sus rostros cansados y sus piernas andariegas. Se tropezaron con un
dominicano de complexión oscura, ropa de moda extravagante que contrastaba con
lujosas cadenas, las cuales llamaron la atención de los dos hombres.
-Perdone señor
–dijo Rubén Darío Mesa, al lado de su amigo.
El dominicano respondió, al frente de ellos.
-No hay problemas
¿De dónde vienen?
-Somos
Colombianos, paisas.
-¿Vienen cómo
turistas?
- No.
-Pero ¿Tienen
dinero?
- No, venimos en busca de trabajo y entre ambos tenemos 300 dólares -Respondió Rubén
- No, venimos en busca de trabajo y entre ambos tenemos 300 dólares -Respondió Rubén
Darío, que se quitaba las gafas de sol, mientras bebía agua que le
ofreció su amigo.
- Yo tengo un amigo –Dijo “lucho” el dominicano – que trabaja en un
barco de carga y él los puede colar en
un container hasta Puerto Rico. Allá, hay trabajo más fácil de conseguir y
llegarían en una semana.
- Aceptamos- dijeron ambos emocionados.
Días después los dos hombres estaban encerrados en un container sin más
alimento que el olor de la comida desde
la cocina del barco. Escuchaban cuidadosamente a los marineros que pasaban
revisando las cadenas de los furgones; fue a uno de ellos, del cual le oyó la
radio, así supo que era de noche y que se aproximaba una tormenta; luego no le
escuchó más pues estaba dando la ronda, para saber cómo marchaba la mercancía.
Día tras día sus cuerpos se debilitaban, perdían las fuerzas que antes
los acompañaban. Su peso se reducía constantemente, el agotamiento se hacía
notar cuando ellos andaban de un lado a otro de la caja metálica y en esa
constante se daban cuenta lo deshidratados lo cual comenzaba a generarle a uno
de los dos jóvenes alucinaciones.
- Parecía
con los ojos perdidos y me miraba como si no me conociera, se golpeaba la
cabeza contra las paredes. Me dio muchísimo miedo, lo abracé y le dije que esto
era un sueño, que no era real nada. Así que se fue a un rincón y se acostó. Dije Rubén Darío Mesa cuando fue entrevistado
tiempo después, en que también contaba que a partir de esa experiencia quiso
hacer una película acerca de ser polizón.
Rubén, después de un rato se
acerca donde su compañero y al tocarlo para despertarlo se dá cuanta que esta
tieso, totalmente frío… estaba muerto.
Desconsolado por la soledad descubre que está solo y él comienza a
sentirse desorientado, casi presenciaba la muerte encima de sus hombros.
- Recordé
que tenía un frasco en mi bolsillo con una loción para la buena suerte que me
dio una pitonisa, ella dijo que solo yo lo podía usar. Me lo tomé y de repente
me llené de vida como si la luz me invadiera.
El hombre recompuesto al llegar a la zona carga y descarga de
contenedores, esperaba, ya lucido que luego de haber tirado los billetes y las
notas de auxilio por uno de los extremos del container, de esa manera tendría
la esperanza que alguien los recogiera para de ese modo poder salir con su
amigo que yace muerto en otro de los extremos de la caja metálica.
- Esperé
y esperé, hasta que escuché a un niño y le dije que se quedara con los billetes
pero que me ayudara a salir. Él respondió que pronto vendría con su padre, el
cual trabajaba allí. Sin embargo insistía que por favor la ayudara pues la
muerte ya le estaba abrazando por detrás. – más tarde, el hombre huesudo,
escuchó gente hablando en murmullos. Fue ahí en que sintió sus primeros
alimentos, que fueron agua y leche pasada con un pitillo y dijeron que pronto
vendría una ambulancia, pero “yo solo les rogaba que me sacaran ya me encuentro
con mi amigo muerto”. Dijo con su voz entre cortada.
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